Las alteraciones emocionales también son secuelas de un ictus y no solo una reacción natural del paciente

ictus cerebral24/1/2019

Más de 120.000 personas sufren cada año un ictus cerebral en España. Nueve de cada diez podrían haberse evitado con una adecuada prevención de los factores de riesgo. Con todo, en los últimos años la mortalidad por esta causa ha descendido, y hoy, el 60% de personas que sufre un ictus sobrevive.

El dato de supervivencia del ictus contrasta con el porcentaje de secuelas que sufren los afectados, siendo los trastornos cognitivos y conductuales las más graves. En este sentido, señala el Dr. Enrique Noé, director de Investigación de NeuroRHB, el Servicio de Neurorrehabilitación de los hospitales Vithas en Valencia, Sevilla y Vigo, “el 90% de los pacientes que ha sufrido un accidente cerebrovascular presenta trastornos cognitivos y conductuales crónicos que pueden ser rehabilitados”.

Las secuelas cognitivas y conductuales del ictus dependen de la zona afectada y de la magnitud de la misma, explica el Dr. Noé. Asimismo, existen otros factores como la reserva cognitiva, las secuelas conductuales concomitantes y el estado físico general, que podrían determinar las alteraciones cognitivas que presente la persona, que mermarán su funcionalidad y calidad de vida.

Alteraciones emocionales

Además, los cambios en la vida emocional tras una lesión cerebral son frecuentes”, apunta la Dra. Belén Moliner, directora médica de NeuroRHB. Diversas lesiones pueden comprometer distintos aspectos de la vida emocional, como la percepción, expresión, comprensión y regulación de emociones. “Aunque este aspecto de la rehabilitación no ha sido tan exhaustivamente estudiado como las secuelas cognitivas, es una parte fundamental de la recuperación en cuanto que la persona afectada por un ictus puede ver alterada su capacidad de ajuste emocional no solo hacia sí misma, sino también hacia los demás en sus relaciones sociales”.

De hecho, matiza la Dra. Moliner, es importante una adecuada valoración neuropsicológica que determine las secuelas emocionales y una rehabilitación temprana dirigida a paliar los déficits más significativos ya que, en muchas ocasiones, las alteraciones emocionales son interpretadas como reacciones naturales por la pérdida de la capacidad física que puede conllevar el ictus, y no son valoradas en sí mismas como una secuela de la lesión cerebral, como podría ser la apatía, la falta de conciencia de la enfermedad, cambios de conducta, reacciones de risa o llanto desmedidas, irritabilidad, egocentrismo…

Por este motivo, es importante saber identificar desde un primer momento estas secuelas que suelen ser crónicas y tratadas con un abordaje emocional que ayude a atenuar y compensar las dificultades cognitivas y que facilite la capacidad de crear y crecer emocionalmente. Y, para ello, es imprescindible que el terapeuta conozca las problemáticas y necesidades individuales de las personas con daño cerebral.