la mirada de Llorenç
La mirada de Llorenç
Llorenç Martínez es periodista. En 2008 sufrió un Ictus.
Hoy, gracias a la Fundación Hospitales Nisa forma parte del Departamento de Comunicación de Nisa.

“Más autonomía, mayor felicidad”

01/10/2012

Carlos Álvarez-Dardet -nacido en Sevilla en 1956 y afincado en El Campello-, un eminente catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Alicante, sufrió un ictus cerebral en el 2008. Estos años en el Hospital Nisa Aguas Vivas le han servido para incrementar su espíritu positivo durante el duro proceso de recuperación. Ahora está trabajando ya en la facultad y habla de los puntos clave para superarlo: “Que se pongan objetivos alcanzables y que peleen duro”.

Foto: Marina Álvarez-Dardet Colomer.

Foto: Marina Álvarez-Dardet Colomer.

¿Qué recuerdos tenías de tu dedicación de catedrático de medicina? ¿Conocías en profundidad el problema del ictus cerebral?

Estudié el ictus como una enfermedad más en la carrera. De hecho, como la mortalidad por ictus está descendiendo en España desde los 60, confieso que nunca lo consideré un tema importante y no leí mucho sobre daño cerebral hasta que lo sufrí.

¿Qué te sucedió?

Estaba cenando en mi casa y no recuerdo nada más. Me desplomé y, al día siguiente, me encontraron en el suelo inconsciente. Se me rompió un aneurisma en la arteria comunicante anterior y tuve un ictus hemorrágico bastante masivo, esto fue en septiembre de 2008. Estuve, entre la pérdida de conciencia espontánea y el coma inducido, aproximadamente tres semanas. De esta época solo recuerdo la rehabilitación precoz que empezó conmigo mi familia. Mi hija Marina me ponía jazmines en la nariz durante mi estancia en la UCI, porque el jazmín es para mí un olor muy querido. Pasé todo el coma en el Hospital General de Alicante y, cuando desperté, me llevaron al Hospital Nisa Aguas Vivas. En el momento del ingreso estaba muy desubicado, de hecho, pensaba que estaba en un restaurante.

¿Eras consciente de tu estado?

Cuando volví a la conciencia, tuve una primera fase de negación. Es fascinante el poder del cerebro para protegernos, pero a la vez es una trampa, porque si niegas el problema o lo minimizas no le metes caña a la rehabilitación. En mi caso, era obvio el daño motor, muy relevante, ya que estuve tres meses en silla de ruedas y usando la grúa para las transiciones. A los pocos días ya estaba integrado en el trabajo. El daño intelectual y psíquico era menos perceptible por mí, la parte de afectación frontal me hizo comportarme de forma que ahora me avergüenza, paranoico y maleducado con mis seres más queridos.

Dicen los rehabilitadores del Hospital Nisa Aguas Vivas que eras muy positivo.

Lo que sí soy es bastante exigente con mi vida y con mi autonomía, y esto es lo que más me motivaba. Recuerdo con emoción mis primeros pasos después del ictus, o la primera vez que conduje mi coche, o tomé un tren yo solo, o salí al extranjero solo. Cada paso en la autonomía me llena de felicidad, este verano he estado en el Líbano, y como siempre: más autonomía, mayor felicidad.

¿Te ayudaron toda tu familia a superar la dura recuperación?

Claro, sin ellos no hubiera hecho nada. Aunque el ictus te deje desorientado, sigues con los vínculos afectivos intactos, no sabes dónde estás físicamente, pero sabes a quién quieres y quién te quiere. En mi caso, el papel de mi mujer -Concha Colomer, que desgraciadamente falleció el año pasado-, de mi hija Marina, de mis hermanas, cuñadas y cuñados fue crucial. Una de mis cuñadas, Paloma Colomer, es psicóloga especialista en daño cerebral y fue quien ayudó a Concha en la toma de decisiones de que fuera al Hospital Nisa Aguas Vivas, y de que empezaran conmigo la rehabilitación precoz ya desde el coma. Ella diseñó el maletín que sale en la fotografía.

¿Qué terapia recibías en el Servicio de Daño Cerebral?

El proceso fue complicado por un síndrome de Sudeck en el brazo hemiparético, que lo hizo todo más doloroso. El ambiente en el gimnasio era muy alentador, me sentía bien con los terapeutas y el resto de los enfermos. Serán personas que siempre recordaré. En el Hospital Nisa Aguas Vivas me dejaron con mucha autoestima y convencido de que la vida era la gran rehabilitadora. Aún estuve un año más en rehabilitación ambulatoria, más dirigida a recuperar habilidades profesionales en Madrid. Cuatro años después del ictus sigo con la ayuda semanal de un fisioterapeuta, con una psicóloga y cada noche hago un sudoku.

Maletín de estimulación sensorial precoz durante el coma para los pacientes con ictus, diseñado por Paloma Colomer. Foto: Marina Álvarez-Dardet Colomer.

Maletín de estimulación sensorial precoz durante el coma para los pacientes con ictus, diseñado por Paloma Colomer.
Foto: Marina Álvarez-Dardet Colomer.

¿Cuándo surgió la idea de probar la hipoterapia? ¿Continúas haciéndola?
Conocía la hipoterapia desde hace bastantes años, de hecho intenté en la Pobla de Vallbona ayudar a crear un centro hace ya 10 años, y además a mí me había gustado siempre montar y tenía ya una yegua cuando tuve el ictus. Patricia Cremades, fisio del Hospital Nisa Aguas Vivas entonces, tenía contacto con un grupo de hipoterapia y fui con ella a una exhibición en Valencia. Me dijeron si quería montar y fue muy emocionante la sensación. Al bajar no podía dejar de llorar por lo que había sentido, aun tenía muy débil el lado izquierdo del cuerpo y no mantenía bien el equilibrio. Cuando me dieron de alta del Hospital Nisa Aguas Vivas acudí a esa misma asociación y empecé a hacer rehabilitación con una yegua, Perla. Trabajas el equilibrio y la musculación de una manera que no puedes trabajar en el gimnasio ni con aparatos. Poco después ya empecé a montar a mi yegua, que se llama Iratí, y con ella sigo. Aún necesito subir desde un escalón, aunque me doy unos paseos fantásticos.

¿Qué les dirías a los pacientes que están inmersos en plena recuperación?

Que su mejor referente son ellos mismos antes del ictus, pero que no se torturen persiguiéndose a sí mismos. El ictus te cambia y hay que aceptarlo, pero que tengan paciencia. Las neuronas se reconectan, pero no ves una señal cada día, necesitas darte tiempo. Que se pongan objetivos alcanzables, discutidos con sus terapeutas o su familia, y que peleen duro por ellos.

¿Desde cuándo cerraste tu rehabilitación e iniciaste tu antiguo trabajo?

Yo no considero que mi rehabilitación haya terminado, pero hace dos años me reincorporé a mi puesto en la universidad. Como persona con una discapacidad tengo una reducción de las tareas docentes, pero doy clases y hago investigación. Mi equipo de trabajo conoce mi situación y me ayudan mucho, sin ellas no hubiera podido reincorporarme. Son fantásticas.

¿Te costó arrancar de nuevo?

Al principio sí, porque me comparaba conmigo mismo, con los recuerdos de mis clases y actividades antes del ictus. Ahora creo que ya no tengo ese problema y acepto con naturalidad no tener casi memoria de trabajo -todo lo pongo en la agenda- y tener problemas de atención múltiple. Sé que no voy tan rápido como los demás, en las reuniones de trabajo levanto la mano antes de intervenir, porque si no sería imposible. A los primeros grupos de alumnos sí que les contaba mi historia, ahora prefiero no hacerlo, para no despertar compasión. El ictus está muy estigmatizado aún y la compasión es mala base para las relaciones.

¿Te has propuesto algunas metas a alcanzar?

Es muy útil pensarlas, discutirlas y escribirlas como parte de la rehabilitación, y la mayoría -menos tocar la guitarra- las he conseguido. Ahora estoy muy interesado en que la crisis no se lleve por delante a mi grupo de trabajo, espero que aguantemos, aunque ya hemos perdido alguna investigadora muy valiosa por falta de fondos. Este año empezamos un Máster en Salud Pública que me hace muchísima ilusión, y sigo dedicando mucho esfuerzo a la investigación. Me dedico al efecto que tienen las decisiones políticas sobre la salud.