Sanar el interior para recuperar el deseo de comer

01/05/2011

Bulimia, anorexia, ortorexia, vigorexia… son alteraciones graves en la conducta alimentaria que esconden un complejo entramado emocional. Desde la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital Nisa Pardo de Aravaca se apuesta por la terapia multidisciplinar como única salida a la destrucción que desencadena en la vida del enfermo cualquier tipo de trastorno alimentario.

Nueve de cada diez enfermos de anorexia tienen entre quince y treinta años.

Nueve de cada diez enfermos de anorexia tienen entre quince y treinta años.

El estómago es el órgano interno que más acusa el estado emocional de la persona. Por eso, “se cierra” ante decepciones y disgustos, se “revuelve” frente a situaciones desagradables y pide de forma descontrolada comida para hacer frente al estrés y la tensión en forma de ansiedad.

SOCIEDAD ENFERMA

La obesidad y el sobrepeso se han convertido en el azote de las sociedades desarrolladas. Al mismo tiempo, los desordenes alimentarios que restringen de forma exagerada la ingesta de alimentos por rechazo a mantener el peso corporal en los valores mínimos normales -anorexia, bulimia, etc.- afectan cada vez a más personas y en un rango de edad cada vez más amplio. ¿Por qué han olvidado las sociedades occidentales cómo comer?

Para Carmen Valle, doctora en psicología y responsable de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital Nisa Pardo de Aravaca la respuesta es bien sencilla: “porque nuestra sociedad está enferma”. La relación entre la salud emocional y el apetito esconde, para Carmen Valle, la respuesta a muchos interrogantes. “Asistimos a una “patologización” de la alimentación. Muy pocas personas se alimentan hoy de forma normal, es decir, como respuesta a un estímulo”. La solución pasa por descubrir el porqué de estas conductas, que no son sino el síntoma de problemas psicopatológicos
escondidos muchas veces durante años.

NUEVO TRATAMIENTO EN NISA

El Hospital Nisa Pardo de Aravaca se ha asociado con el Instituto Centta, dirigido por Carmen Valle, para abrir una Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) que pretende abordar el problema desde una terapia multidisciplinar que permita descubrir cuál es el desencadenante del problema y prepare al paciente para identificarlo y combatirlo.

En este sentido, existen causas que se remontan a la infancia, como un entorno familiar que sobrevalora la estética, madres eternamente sometidas a dietas o situaciones más graves como maltratos o abusos. Otras, enlazan con la adolescencia, como situaciones de rechazo por parte de amigos o personalidades obsesionadas por el control de todo cuanto les rodea. Todo ello, suele derivar en una caída en picado de la autoestima.

La valoración de los TCA como síntomas de un problema psicológico y no como una enfermedad en sí misma supone una novedad importante en el abordaje de estos trastornos. “Los tratamientos más convencionales se centran en el aumento de peso; pero si la persona no está bien por dentro, va a recaer una y otra vez. Nosotros nunca obligamos a comer”. No en vano, el porcentaje de recaídas en TCA tras concluir un tratamiento convencional supera el 70%, dato que, a priori, sustenta la teoría de que los trastornos alimentarios son enfermedades crónicas.

Algo que no comparte en absoluto la responsable de la unidad del Hospital Nisa Pardo de Aravaca. “No es cierto que no tengan cura. Si tú le enseñas al paciente nuevos esquemas, valores y actitudes que le ayuden afrontar los contratiempos del día a día y le sirvan de apoyo en la toma de decisiones, las posibilidades de éxito se disparan”.

CONOCER LA ENFERMEDAD

Carmen Valle padeció durante años el calvario de un trastorno autodestructivo en su forma de comer. Estuvo a punto de perder la vida. Su marido, Francisco Ordoñez –director del equipo-, logró rescatarla de una muerte segura, y juntos diseñaron el modelo de tratamiento Centta.

Sabe cómo se siente, sabe cómo se comporta, sabe lo que esconde y lo que disfraza un enfermo con TCA. Por eso conoce a la perfección dónde trazar los límites entre el control hacia una persona enferma y la confianza que esa persona necesita para devolverle la salud. Lleva más de diez años sana y hoy la lucha contra los trastornos alimentarios centra su vida.