la mirada de Llorenç
La mirada de Llorenç
Llorenç Martínez es periodista. En 2008 sufrió un Ictus.
Hoy, gracias a la Fundación Hospitales Nisa forma parte del Departamento de Comunicación de Nisa.

Seattle: un viaje apasionante a la Costa del Pacífico

viaje de llorenç a Seattle25/11/2017

¿Conocéis la Ciudad Esmeralda? Seattle es la capital del estado de Washington en Estados Unidos, al extremo noreste del Pacífico y lindando con Canadá. ¿Por qué ese sitio tan apartado de otras rutas típicamente turísticas, como por ejemplo, Nueva York?

Me convenció mi amigo Pere, dado que siempre estaba dándonos la tabarra con que algún día viajaríamos a Seattle para palpar el ambiente y espíritu grunge, un movimiento que saltó a la fama a partir de los años noventa contra la música más comercial y banal que rezumaba por las discográficas y radios y fue una clara inspiración para los años posteriores.

Precisamente este año, la mitad de los compañeros cumplíamos los 40 tacos y teníamos que ir sí o sí a Seattle. Al final, como siempre pasa, no fueron la mayoría, aunque a mi pareja, Esther, la embaucamos enseguida. Apasionada de la naturaleza, vio que el estado de Washington es el que más parques naturales tiene en todo el país norteamericano. Volamos en agosto con una compañía alemana, en teoría muy eficiente. Cuando aterrizamos en Frankfurt me llevaron enseguida en silla de ruedas hasta la terminal, donde había una sala especial para discapacitados en la que podías ir al baño o tomarte un café mientras esperabas el vuelo rumbo a Seattle.

No consideramos tan eficientes las más de nueve horas que costó llegar a EEUU en el avión transoceánico, puesto que parecíamos viajar dentro de una lata de sardinas. En el control de seguridad de Manises me cachearon a base de bien –aún más si cabe cuando regresamos- mientras Esther rellenaba mi cuestionario: “¿Quiere matar al presidente de Es- tados Unidos?”, “¿es usted narcotraficante?”, unas preguntas absurdas. Cuando pisamos tierra firme, ya en Seattle, tras horas y horas acumuladas de vuelo, parecía, perdón, era de día. Aun siendo el estado en el que más llueve de los EEUU hacía sol y no llovió durante todo el viaje. Nos hospedamos en un youth hostel -hostal de jóvenes- en el distrito de Chinatown, aunque también pernoctaban aventureros jubilados que recorrían kilómetros y kilómetros para visitar distintos estados.

Eso sí, entrabas al comedor para desayunar o ducharte en los servicios –perfectamente adaptados para discapacitados- y la gente, sobre todo los jóvenes, eran incapaces de emitir ni los buenos días, absorbidos en todo momento por su móvil sin hablar con los otros huéspedes. Por eso nos extrañó tanto que fuera del hostal, mirando el plano de la ciudad sin saber dónde estábamos, los lugareños se acercaran para ayudarnos amablemente. Y no, no vimos incidentes ni altercados de ningún tipo, pero los indigentes se contaban por centenares, postrados en silla de ruedas, con bastones y siempre con la mirada perdida. En cuanto a las barreras arquitectónicas, la ciudad tiene muy en cuenta la vía pública que está adaptada para discapacitados, aunque tuvimos que andar cuestas empinadas, y la verdad es que no paramos ni un minuto. Lo recorrimos todo, palmo a palmo, hasta que volvíamos rendidos al hostal para dormir a pierna suelta.

La primera visita que hicimos fue al Space Neddle (Aguja Espacial), inaugurado en 1962. Es la torre más alta de esta ciudad (184,404 metros), construida para realzar el poderío patriótico contra la URSS en la carrera espacial, según cuenta el periodista Vicent Chilet en su libro de viajes Slow West. Supongo que en los sesenta tendría mucho tirón, pero lo cierto es que ahora es una atracción turística sin más eco, aunque merece la pena subir al último piso y admirar las vistas de la capital.

Enfrente del Space Neddle, se encuentra la obra del arquitecto Frank Gehry, el museo contemporáneo MoPop, dedicado a la música y el cómic, como la exposición de Jimi Hendrix (que nació cerca de Seattle), David Bowie y otros artistas. Hasta puedes tocar algún instrumento, como baterías electrónicas, diversas pedaleras o, si lo prefieres, cantar. Al final del itinerario visitamos el busto del gran jefe indio que se llamaba Seattle y los tótems repartidos en el barrio de Pioneer Square, donde hay una plaza entrañable en la que la gente puede disfrutar leyendo un libro en las terrazas o jugar al ajedrez en el suelo con piezas gigantes.Nuestro compañero Llorenç, durante su viaje por Seattle

El segundo día caminamos por el centro financiero y entramos en la biblioteca municipal, muy vanguardista y pensada también para personas con discapacidad. Fuimos después al barrio bohemio de Fremont con su estatua de Lenin, una rareza en medio de Estados Unidos. En el tema culinario tocamos distintos palos, desde el pescado autóctono, la hamburguesa típicamente americana o probar otros manjares dentro de Chinatown, como un restaurante vietnamita, aunque prefiero la cocina mediterránea.

De noche visitamos los garitos legendarios y en sus paredes colgaban carteles de grupos que antes no eran conocidos, pero que luego se hicieron famosos, como Soundgarden, Nirvana o Alice in Chains. Y, cómo no, música en directo, con distintos estilos, desde punk, rock o black metal –a veces sin que hubiera prácticamente público- , hasta una sala donde bailaban swing.

Habíamos planeado una excursión a las cascadas de Snoqualmie. Obviamente, no es comparable con las cataratas del Iguazú, pero puedes acceder fácilmente incluso si vas en silla de ruedas. Este parque natural tiene otros puntos de acceso más intrincados, aunque me ayudó a superar los obstáculos la siempre dispuesta Esther, que tiene formación y conocimientos suficientes sobre daño cerebral y conoce bien mis capacidades y limitaciones.

No he dicho que alquilamos un coche durante todo el día que nos llevó a North Bend, el pueblo donde se rodó la serie Twin Peaks con el mítico bar Tweeds Café donde se filmaban escenas. Comimos ahí y, después de recorrer unos kilómetros, paramos en el cementerio de Greenwood Park, en el cual está enterrado el guitarrista Jimi Hendrix. Luego retornamos a Seattle para contemplar la puesta de sol caminando por la playa y pasar por la casa donde murió Kurt Cobain, el líder de Nirvana, y ver de cerca el banco en el cual se sentaba a meditar. Muchos fans ofrecen todo tipo de presentes al artista: pintadas, dibujos o botes de cerveza y paquetes de cigarrillos. Todo muy sucio, mugriento, como se define la música grunge. Aún más sucia y pegajosa resulta una calle que está de moda y en cuya pared todo el que pasa pega chicles. Los hay a montones, de todos los colores, y el olor es agobiante.

Enfrente del puerto se podía avistar el Pike Place, un mercado que está a tope de gente y en el que puedes comprar desde pescado fresco o adornos florales con gusto exquisito hasta vinilos. Me resultó curioso que por todo el suelo había centenares de nombres de personas grabados en las baldosas. Después supe que estas gentes contribuyeron a la continuidad del mercado en un momento de crisis. Mientras tanto, por fuera tocaban músicos ambulantes. Recorrimos el lago para apreciar las casas flotantes entre idas y venidas de barcos y yates, y por último fuimos a la radio musical KEXP. El colofón final, ya en el aeropuerto, fue explorar la tienda de Sub Pop, una discográfica independiente que encumbró a infinidad de grupos y en la que compramos regalos antes de despegar y admirar desde el avión la belleza de Groenlandia. El viaje fue intenso, apasionante y lleno de contrastes. Nos pareció que Seattle es una ciudad más calmada en comparación con grandes urbes, y sobre todo una población joven y dinámica. Pero lo que más me encantó fue que Esther y Pere se volcaron a muerte conmigo. Que a mi lado podrían viajar al fin del mundo.